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Congreso
31 de enero de 2012.—Núm. 29
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de Policía esté garantizando la seguridad y por tanto la
libertad de los españoles.
Señora Díez, en relación con los guardias civiles dice
usted que se les aplique el Código de Justicia Militar no
solo en los estados de guerra y de sitio y luego dice que
los únicos supuestos en los que se les ha aplicado no son
esos. Claro, es que afortunadamente no es habitual que
se esté en estado de sitio ni en estado de guerra, por lo
tanto lo habitual son los supuestos tasados en la ley; no
es lo habitual ni lo normal que sean estados de guerra y
sitio, afortunadamente. Nuestra posición, señora Díez,
es esa y va a seguir siéndolo. Si en otro momento no lo
ha sido no lo sé, en todo caso en estos momentos nuestra
posición es esa y va a seguir siéndolo—desde el afecto—.
Por supuesto que compartimos, evidentemente, que no
se trata de la paz de los cementerios, la paz como supuesto
o ausencia de un conflicto político que existe en la mente
de algunos. En el País Vasco no hay un conflicto político;
hay conflicto político como puede haber en otros sitios
de España en la medida en que tenemos visiones políticas
de lo que es el País Vasco y hay ideas del País Vasco y
de España distintas, como hay fuerzas políticas en Cata-
luña que tienen una idea de Cataluña y de España dis-
tintas y en otros sitios de España también. Ese es el
conflicto político ordinario, habitual, el derivado de una
sociedad que es plural ideológicamente, plural política-
mente y una España que es diversa territorialmente. En
el País Vasco usted habla desde otras premisas y eviden-
temente no quería que por mi silencio se pudiera aplicar
el aforismo de que quien calla otorga. Evidentemente,
quien calla no otorga. En el sentido en el que usted
entiende que hay conflicto político yo lo niego rotunda-
mente. Hay un conflicto entre los que quieren matar, los
que quieren asesinar y de esa manera conseguir sus
objetivos políticos, y los que han estado padeciendo y
siguen padeciendo todavía las consecuencias de esa
manera de proceder que es indigna en cualquier sociedad
y por supuesto mucho más, si cabe, en una sociedad libre
y democrática que tiene cauces de expresión de esa dife-
rencia, de esa pluralidad ideológica y política reconocida
en su ordenamiento jurídico. Faltaría más.
Termino ya. Seguimos con la guardia no baja sino alta,
lo demuestran las recientes detenciones de etarras al sur
de París hace unos días. Como dije entonces y repito
ahora —ya termino, señor presidente— las personas
normales más allá de los policías o guardias civiles
lógicamente no suelen ir armadas; no suelen ir armadas
por ahí, por la calle; no suelen llevar material para poder
fabricar explosivos; no suelen ir con placas falsas de
policías y de guardias civiles; no suelen ir con material
falsificado, con matrículas falsas; no suelen ir así. Por
tanto, no es un exceso señalar que, si de verdad, de
verdad, hay una decisión firme, irreversible y definitiva
de dejar la actividad terrorista, parece razonable que se
deje de hacer acopio de material que sirve para todo lo
contrario. De esa manera, la presunción de no creencia
a lo mejor empieza a variar hacia la presunción de creer
un poquito en alguien que no merece hasta ahora el más
mínimo crédito, como son los que, insisto, han ejercido
el terrorismo y los que, por acción o por omisión, han
apoyado sus actuaciones entre los que, por desgracia
—lo siento, señor Urbina—, está a quien ustedes repre-
sentan.
El señor
PRESIDENTE:
Gracias, señor ministro.
Hago gracia a los señores miembros de la Mesa
—vistas las dificultades de agenda que tienen muchos
de los señores portavoces— de una reunión de carácter
informal que estaba prevista, para contarles telegráfica-
mente dos cosas de naturaleza procesal. Es deseo de esta
Presidencia que se produzca la delegación de competen-
cias que el artículo 44 del Reglamento de la Cámara
prevé para evitar reuniones innecesarias; saben que
preserva perfectamente la discrepancia, puesto que las
decisiones de la Mesa son válidas en caso de unanimidad
—no lo serían en caso de discrepancia, que sí se some-
terían, y hablo fundamentalmente de comparecencias—.
También he de decirles que el deseo de la Presidencia es
mantener y si es posible mejorar la frecuencia y la
secuencia de reuniones que se ha venido desarrollando
hasta ahora en esta Comisión. Me remito a la finalización
del próximo Pleno del Congreso para poder tener un
encuentro de naturaleza informal y comentarles el estado
de los trabajos de la misma.
Se levanta la sesión.
Eran las dos y cincuenta y cinco minutos de la
tarde.