«La cárcel no está hecha para reeducar: aquí el preso vive en una situación irreal, de aislamiento; es fácil que en esas condiciones se recupere, el problema es que luego sale solo y se encuentra con los mismos elementos que en su día le llevaron por el mal camino». Así se expresa en privado uno de los psicólogos que trabajan en el penal de Villabona. Su impresión la comparten también los mandos de Instituciones Penitenciarias, que consideran que la solución pasa por potenciar el tercer grado, es decir, el periodo en el que el reo cumple su condena en situación de semi-libertad. «Ahora mismo tenemos en esa clasificación a unos 250 internos», informa Esteban Suárez, director de Villabona. Son presos que o bien viven en su casa y están controlados mediante pulseras o trabajan fuera de la cárcel pero pernoctan en la penitenciaría o cumplen su pena dentro de una comunidad terapéutica tipo Proyecto Hombre.
Fuente: El Comercio Digital
La cifra no satisface al Ministerio del Interior. Desde hace cinco años, todos los directores de prisiones han recibido la instrucción de posar su mirada en el caso catalán. Esta comunidad tiene las competencias en materia penal transferidas y aplica el tercer grado a un 25% de sus presos. «Cada vez que hay una reunión, nos recuerdan que esa es la proporción ideal, que si en Cataluña no están teniendo problemas al aplicarla, nosotros también debemos ir a ello», reconoce Esteban Suárez.
Aplicar esa ratio a Villabona obligaría a aumentar un 60% los terceros grados concedidos, lo que dejaría este escalafón en 400 internos. ¿Qué impide llegar a ese punto? La pregunta remite hasta la Junta de Tratamiento, órgano colegiado de Villabona compuesto por ocho expertos. Ellos son los que, por votación mayoritaria, deciden qué grado se le aplica a cada reo.
La sentencia marca los años de condena, pero después el reglamento cede amplia potestad a la Junta de Tratamiento para escoger bajo qué grado pasará el recluso ese tiempo. «Antes de dos meses del fallo judicial debemos aclarar la clasificación que le damos», apunta Suárez. El 'sanedrín' está compuesto por el propio director de la cárcel, la subdirectora de tratamiento, el encargado de la atención médica, un criminólogo, un psicólogo, un educador, un trabajador social y el jefe de servicio de interior.
Las discusiones «son intensas, porque la perspectiva que tiene cada uno es muy diferente», señala un funcionario conocedor de esas deliberaciones. «El problema quizás es doble: son muchos y todos los votos valen igual, y al final renta ser conservador: si dejas al preso en segundo grado, lo alejas de la calle y no te expones a que te falle».