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Colapso penitenciario

Las cárceles españolas padecen una situación crítica. Según un estudio presentado por la Agrupación de los Cuerpos de la Administración de Instituciones Penitenciarias (ACAIP), nuestras prisiones presentan unos preocupantes niveles de hacinamiento, que llegan al 170 por ciento. Las nuevas leyes en relación con la violencia de género y la seguridad vial han provocado que la población reclusa no pare de crecer. Sólo en los últimos meses han ingresado en prisión 3.198 personas, llegando el cómputo total a 76.756 presos, con un índice de extranjeros del 35 ciento y una tasa de reincidencia que alcanza el 54,95 por ciento. Ante este panorama lo lógico era pensar que desde el Gobierno se impulsaría un incremento, tanto de medios económicos como humanos, para paliar la situación. Nada más lejos de la realidad; la crisis económica que está padeciendo nuestro país también afecta al sistema penitenciario. En este año, la oferta global de empleo público para instituciones penitenciarias es de 390 plazas, cuando en 2009 fue de 1.667. Así las cosas, nos encontramos con la sorprendente cifra, por escasa, de que hay un funcionario por cada 70 presos. El incremento del número de cárceles también es insatisfactorio. En su programa electoral, el PSOE se comprometía a crear 18 nuevos centros penitenciarios y 32 centros de reinserción hasta 2013. Sin embargo, a día de hoy sólo se han inaugurado cuatro, y 24 centros de inserción social.

Fuente: La Razón

Nadie duda de que sostener un sistema penitenciario es gravoso para el erario público. Sólo hay que subrayar algunos datos: el coste económico de la construcción de un centro tipo alcanza los cien millones de euros y el coste por interno cada año es de 25.000 euros. Pero con todo, cabe reclamar un esfuerzo por parte del Ejecutivo para subsanar estas carencias.
Ante la crisis, el Gobierno está haciendo bien los deberes al imponer la austeridad en las administraciones públicas. Pero se tiene que hacer a partir de un criterio riguroso y responsable para evitar males mayores.  En una parcela tan sensible y vital para un país como lo es la seguridad ciudadana en todos sus ámbitos, no debe escatimar el dinero en sus presupuestos. Es una prioridad que no conviene desatender.
Como también conviene abordar un problema de fondo: la viabilidad de nuestro modelo penitenciario actual, que no se ha revisado en los últimos diez años. Es evidente que se necesita otro esquema más racional y adecuado a la realidad. Una de las posibles soluciones pasaría por que el Gobierno impulsase acuerdos bilaterales con los estados para que los presos extranjeros cumplieran sus penas en sus países de origen. Tampoco cabe desdeñar un sistema eficaz de penas alternativas, como trabajos para la comunidad, en casos, por ejemplo, de seguridad vial, relacionados con el exceso de velocidad, siempre y cuando no haya habido víctimas.
Sea como fuere, el Gobierno no debe ignorar el problema. Ante la saturación de nuestras cárceles, urge una batería de propuestas efectivas si queremos evitar riesgos potenciales que son, deben ser, evitables.

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