No son los más sanguinarios, pero sí se cuentan entre los más irreductibles. Por eso están en Murcia. Tan lejos de 'ama' y 'aita'. Porque en la partida de la reinserción que desde hace años el Gobierno de la Nación anima a jugar a los presos de ETA, no cuentan tanto los crímenes cometidos como la conciencia y la actitud con las que se afrontan.
Por razones obvias, teniendo en cuenta su distancia con el País Vasco, Murcia ha sido tradicionalmente lugar de reclusión de los etarras más convencidos de que la violencia es una vía legítima para la consecución de objetivos políticos. Un lugar, tan bueno como cualquier otro en la periferia sur de España, en el que mantener a buen recaudo a aquellos internos a quienes la privación de libertad no les ha ayudado a reflexionar y, por desgracia, sobre todo para ellos mismos, siguen defendiendo íntimamente que hicieron lo correcto y no quieren oír hablar de soluciones individuales.
En algunos de estos reclusos, a lo largo de las últimas décadas, han llegado a coincidir carácter irreductible con curriculum sanguinolento. Tal fue el caso de 'ilustres' como José Ignacio de Juana Chaos, Henri Parot, López Ruiz 'Kubati', Mercedes Galdós, 'Paterra', Inés del Río Prada..., que durante años supieron bien de las temperaturas que se pueden llegar a alcanzar en un chabolo en pleno verano murciano.
Más cantidad, igual cualidad
Ahora la situación ha cambiado, pero solo en parte. A la prisión de Sangonera la Verde se le sumó recientemente la de Campos del Río, 'Murcia II' en la nomenclatura de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, y ha aumentado sensiblemente el número de internos de ETA en la Región, pero no así su cualidad. Los que están siguen contándose entre los más irredentos. Al menos tales son los signos externos que ofrecen, pues sabido es que el alma humana es territorio inescrutable.
«Nunca te puedes fiar demasiado de cómo piensan íntimamente estos internos, porque en no pocas ocasiones el que parece más convencido y actúa con más determinación es el que está pensando en dar el paso hacia la reinserción, y se maneja de ese modo para ocultar su decisión a sus compañeros», señalan fuentes de Instituciones Penitenciarias, que advierten de que «no hay prisión más dura para estas personas que la propia banda, porque la presión a la que los somete es tremenda, sobre todo hasta hace unos años».
Desmarcarse del 'Frente de Makos' (el autodenominado 'colectivo de presos políticos vascos o EPPK) y hacer un 'gesto' que permita entrar en el juego hacia la reinserción social, con el premio de ser acercado hacia cárceles como Zuera (Zaragoza) o Villabona (Asturias), no es tarea sencilla. En primer lugar está convencerse a sí mismo de que un día elegiste un camino equivocado y de que no habrá soluciones globales, sino individuales, y después hay que sacar fuerzas para romper con todo y dar algún paso que así lo evidencie.
Los etarras que están en Murcia, cinco hombres en Sangonera y seis hombres y una mujer en Campos del Río, no han dado hasta ahora muestras de querer acogerse al 'Plan Integral de Reinserción'. Las fuentes citadas señalan que cumplen rigurosamente con las indicaciones del 'Frente de Makos', de forma que una vez a la semana realizan un 'ayuno' -no cogen la bandeja con el racionado común, lo cual no les impide comer de lo adquirido en el economato- y mantienen los 'chapes' -unos tres al año-, que consisten en quedarse encerrados todo el día en las celdas.
Además, se muestran implacables en la reivindicación de sus derechos y en la exigencia de que se les aplique cuanto les beneficia del reglamento penitenciario, «que se lo conocen al dedillo». Si sus peticiones no se atienden por la dirección de la prisión, recurren sin dudarlo al juez de Vigilancia Penitenciaria.
Celdas individuales
Tanto los etarras internos en Sangonera como en Campos del Río disponen de celdas individuales y, en ambos casos, están dispersos entre los distintos edificios (dos por módulo), de forma que no puedan coincidir en grupo. En 'Murcia I', la mayoría de los cinco presos etarras (Gorka Martínez Arkarazo, Francisco Ramada Estevez, Oier Martínez del Campo Apaolaza, José María Novoa Arróniz y Joseba Segurola Beobide) conforman un colectivo bastante estable, cosa que no ocurre con 'Murcia II, no solo por ser un centro penitenciario de reciente construcción, sino porque lleva unos meses registrando movimientos de internos. Una circunstancia que apunta a que se ha convertido en un enclave estratégico, o 'laboratorio de pruebas', dentro de la intensificada política de dispersión del Ministerio del Interior y de su titular, Jorge Fernández Díaz.
Prueba de ello es que en los últimos tiempos han sido trasladados hasta ese centro reclusos como Pedro María Olano Zabala, considerado uno de los más radicales y que ha llegado desde Jaén; Jon Zubiaurre Agirre, Iñaki Zugadi García y Josune Onaindia Susaeta ( todos ellos desde Badajoz), y Urko Labeaga García, cuyo caso es especialmente reseñable. Este interno procede de Villabona, a donde había sido llevado hace casi una década tras dar muestras de ruptura con la banda, y ahora ha vuelto a ser alejado del País Vasco, en lo que parece un claro mensaje de que no valen medias tintas para beneficiarse del 'Plan Fernández' de reinserción.
Discreto relevo del director
Pero quizás el dato más significativo de la importancia que 'Murcia II' juega en la nueva política de Instituciones Penitenciarias ha sido el relevo en la dirección del centro, acometido con tal discreción en febrero pasado que ni siquiera se dio cuenta del mismo a la prensa regional.
El máximo responsable de esa prisión, Nahum Álvarez, englobado en el ala más progresista de los directores de prisiones, fue destituido tras apenas un año en el cargo y reemplazado, casi en secreto, por Felipe Bravo, hasta entonces subdirector de tratamiento en Fontcalent (Alicante) y considerado entre quienes lo conocen como persona «tremendamente reservada».
Ideal, en suma, para supervisar uno de los fogones en los que se cuece la nueva política penitenciaria.