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Los presos de Jaén que quisieron ser un poco más libres

Alrededor de 200 internos de la prisión provincial viven en módulos gestionados por ellos mismos y con un sólo caso de reincidencia en delitos en dos años

 

Fuente: ideal.es

La nariz de Bartolo no descansa. Es juez inapelable. Contra su veredicto no cabe recurso: si Bartolo dice que te duches, a la ducha. Si dice que te cambies de ropa, te cambias. Sin rechistar. Bartolo cuida de que los noventa presos de su módulo huelan como personas. No a humanidad. Uno de los compromisos para estar en ése módulo es la higiene. Todos los presos se duchan todos los días. Todos los presos se cambian de calzoncillos todos los días. Son las normas. Es la vida uno de los módulos de respeto de la prisión Jaén II. Un lugar sin drogas, sin voces, sin peleas, sin motes. Un módulo que reluce. Por fuera, porque la limpieza en todos los rincones es impecable. Y también por dentro: la mirada de los presos tiene el brillo de la de los hombres que, hasta cierto punto, son dueños de su vida.

Los propios presos se autogestionan. Limpian, decoran, reparten la comida. Las puertas de las celdas están siempre abiertas. Sólo se cierran de noche. Pero no se recuerdan robos.
Antonio lleva en prisión nueve años y tiene aún once más de condena por delante. Asesinato. Fue uno de los condenados por el Crimen de la Movida. Entró en la cárcel con veinte años. Ha pasado ya entre rejas un tercio de su vida prácticamente. Desde hace dos años está en el módulo 7, el primero que abrió en Jaén con este sistema. «Aquí no tienes que estar constantemente mirando a tu espalda», asegura.
Mientras tanto, Bartolo sigue su ronda. «Tienes que estar siempre pendiente. Aunque también hay gente que me echa una mano y me dice 'Bartolo, que fulanito va por ahí echando un pestazo que no veas'. Yo se lo digo, se lava o se cambia».
En el módulo 7 el aspecto de los presos es impecable. «Si estuviéramos en otro módulo tendría que llamarla la atención a todo el mundo», ríe Bartolo. Los presos del módulo 7 difícilmente pueden disimular el orgullo que sienten al contemplar dónde viven. Cómo viven. Sobre todo cuando se acuerdan de dónde vivían. De cómo vivían. Ni una colilla, ni un papel, ni un escupitajo en suelo, que brilla después de que una cuadrilla de internos haya limpiado. Nadie se sienta en cuclillas sobre una lata, porque no hay nadie ocioso.
Jesús Sánchez, educador y coordinador de los módulos abiertos, tiene que recurrir a la memoria de un grupo de internos veteranos para recordar algún caso de reincidencia en los dos años de existencia del módulo de respeto. Sólo recuerdan uno. «Ni siquiera es significativo, porque se trata de alguien que no tenía nada fuera. Tenía muchas papeletas para volver a caer», explican. El dato es significativo. Según datos del sindicato Acaip, entre el 75 y el 85% de los presos de la cárcel de Jaén son reincidentes. En el módulo de respeto, de momento, sólo un caso.
«El objetivo es mejorar la calidad de vida y que la cárcel, en sí misma, no sea un castigo añadido a la pena de privación de libertad. Sólo se pide el mínimo exigible en la calle, aunque comparado con lo que hay en el centro puede ser superlativo. Es cierto que puede ayudar a la gente a trabajar sobre las causas que lo llevaron a prisión. Pero ese no es el objetivo. Aunque sí, puede hacer que no vuelvan a caer porque adquieren hábitos que los ayudan fuera», asegura el director de la cárcel, Manuel Martínez.
Los presos se reúnen todos los domingos. Asamblea. Ellos deciden cómo resolver determinados problemas. «Todo lo que ellos puedan resolver con autogestión se respeta», insiste Jesús Sánchez. Ellos mismos se han dotado de 354 normas. Normas muy concretas. La última: detectaron que a la hora de comer había mucho ruido en la sala. Acordaron que todos iban a hablar bajo. A la una y media noventa personas se sientan a comer (calamares en salsa, salchichas y fruta). Como si fuera una convención de nórdicos. En todas las mesas se conversaba. Pero apenas si se escuchaba un murmullo, un runrún sin una voz más alta que otra.
Antonio es el presidente de la asamblea del 7. «Como el alcalde del módulo», explica Sánchez. Hasta ser la persona respetada por sus compañeros que es hoy, ha pasado mucho en la cárcel. Hasta madurarlo. «Los primeros cinco años le das muchas vueltas. Piensas: qué hago yo aquí, si yo estaba allí pero no hice nada. Luego recapacitas. Tengo que estar aquí. Punto. Lo asumes».
De aquel Antonio de veinte años que se vio envuelto en un crimen queda poco ya. Ya ha sacado primero de Derecho, con algún sobresaliente. No se le da mal. Buena parte de los recursos que salen del módulo 7 destinados al juez de Vigilancia Penitenciaria los hace él. Ya le llegan incluso desde otros módulos para que se los haga. Se levanta a las cinco y media para hacer pan. No para en todo el día. Uno de los compromisos de los que solicitan entrar en el módulo es no tener ni un minuto de ocio al día. Los presos tienen agendas maratonianas: clases, talleres, trabajos dentro y fuera de la clase, estudios (18 de noventa están estudiando acceso a la Universidad o alguna carrera), deporte y otras actividades.
Disciplina
 
La disciplina se mantiene con un sistema sencillo: al que hace algo mal se le pone un negativo. Si la ha liado gorda, tres negativos del tirón. Nueve negativos en un trimestre son expulsión inmediata. Una pelea es expulsión inmediata. Un positivo en un control de drogas (son constantes y aleatorios) es expulsión inmediata. Antonio repite un pensamiento común a todos los presos que han probado a vivir en un módulo de respeto: «Día a día hago todo lo posible para que no me lleven a otro».
En el módulo 7 ya todo va como la seda. Dos años hacen que el mecanismo esté bien engrasado. «Al principio fue difícil. Los internos no querían someterse a más reglas. Nadie lo entendía. Pero pudimos formar un grupo de gente y comenzar. Quedaron encantados», recuerda Jesús Sánchez. En el 7 hay presos primarios (que cumplen su primera condena).
Los más duros
 
Desde abril pasado, el 3 también es un módulo de respeto. Una apuesta más arriesgada. Casi la totalidad de los presos allí son reincidentes. Basta echar un vistazo a sus ropas, sus miradas, sus tatuajes, sus gestos, para advertir que se trata de gente muy curtida en las prisiones. La tensión en el ambiente allí es mayor. «·Aún hay mucho trabajo. Ellos se implican, pero tienes que estar muy pendiente», dice Andrés. Es el funcionario de prisiones más veterano de la cárcel. Está en el oficio desde 1971 y ha visto de todo en su carrera.
Las miradas de los funcionarios se van hacia el interno que vigila la cola de la comida. En el módulo 7 hace tiempo que ya no necesitan esta figura. En el 3 aún es precisa. El aspecto del controlador revela una larga vida carcelaria. El rostro está cuajado de tatuajes «Cuando nos pidió ingresar aquí no nos lo creíamos. Una bomba de relojería, un tío que la puede liar en cualquier momento. Pero está respondiendo» dicen los responsables del módulo. Y se lo comentan a él. Se ríe. «Se harta uno de andar por ahí liándola. Aquí estoy bien», asegura.
José Manuel es el presidente de la asamblea de internos del módulo 3. Él también aterrizó allí tras una traqueteada vida penitenciaria por el norte y por macroprisiones como El Puerto. «Los que venimos de otros sitios y llevamos muchos años somos los que más valoramos esto. No hay comparación cómo se vive en estos módulos. Así que nos acoplamos mejor». Él lleva once años preso. «Seis del tirón», precisa. En su mirada clara se atisba una llama de ilusión por lo que está haciendo. «Hay mucho trabajo por hacer. Pero está colaborando todo el mundo».
Actualmente son módulos de respeto el 7, el 3 (ambos con noventa internos) y el 9 (con algo más de 30, presos de corta estancia por delitos de tráfico o quebrantamientos). Otro módulo es una Unidad de Tratamiento y hay otro que es una antesala a éste. La idea es que en 2012 haya cinco módulos de respeto o tratamiento, y dos más para presos que no se adaptan «más que a vivir como viven ahora». Sin respeto. Otros quisieron ser un poco más libres.
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