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La semana en que el cine español se rinde ante una película sobre un motín carcelario hablamos con la Secretaria General de Prisiones y, según ella, la realidad es más amable que la ficción. Mercedes Gallizo confía en la bondad del individuo y defiende palabras que empiezan por ‘re’...
Como aficionada al cine habrá visto ‘Celda 211’.
Fuente: Intervieu
Es muy buena, pero refleja una realidad que no tiene nada que ver con la de las prisiones actuales.
¿Somos morbosos y nos gustaría colarnos en una cárcel para ver qué hay dentro?
Yo suelo facilitar que se observe el día a día de los centros penitenciarios, empeñada en que la sociedad entienda el trabajo que hacemos: queremos convertir las prisiones en escuelas y centros de salud.
Estos argumentos son los que califican su actitud de naíf, de ‘buenismo’. ¿Le molesta?
No sé lo que significa el ‘buenismo’. Si se entiende no dar la importancia que tienen algunos delitos, no estoy ahí. Sí, si es defender unos valores, y pensar que hay mucha gente buena que que hace lo que hace movida por circunstancias. El buen sentimiento de la gente resulta redentor, aunque vivamos en un mundo donde se ridiculiza; lo estamos viendo en la campaña que se está realizando en los centros penitenciarios a favor de Haití, donde presos que no tienen nada aportan pequeñas cantidades de dinero.
¿Es congruente ser de izquierdas y dirigir las prisiones de un país?
Para una persona que toda la vida ha pensado que el mundo podía mejorar, ostentar este puesto supone la posibilidad de llevar a la práctica aquello que crees. No es una contradicción, porque la conciencia progresista pasa por construir un modelo de seguridad eficaz y humano.
Hace años tuvo ficha policial. ¿Qué hizo?
Comprometerme contra el franquismo en la universidad.
¿Ese es el momento que más cerca ha estado de delinquir?
Sí, pero entendíamos que formar parte de aquellas organizaciones no era delito. He sido bastante buena.
¿Es cierto que compartió célula maoísta con Federico Jiménez Losantos?
Jiménez Losantos estudiaba en la Universidad de Zaragoza un curso por delante del mío y debimos de coincidir en alguna asamblea, pero no tuve un trato directo con él, aunque en su grupo había amigos míos.
Una mujer al frente de Prisiones suena rompedor… ¿El machismo es más de derechas?
Atraviesa todas las ideologías porque es una lacra de muchos siglos. Puede que se tienda a pensar que quien dirija las prisiones deba ser alguien duro e inconmovible, pero es un error. Quienes me conocen saben que poseo mucho carácter y también una alta sensibilidad para entender los problemas de las personas.
¿Vigilar al ‘Rafita’ era competencia de Instituciones Penitenciarias?
Ahora sí, porque la Comunidad de Madrid y el juez han determinado que debemos de controlar su “libertad vigilada”. Pregunté: “¿Qué tenemos que hacer con él?”. Y la respuesta fue: “Nada, que vaya a firmar cuando sea”. No obstante, me resisto a eso y estamos elaborando un plan con estos menores (nueve) para evitar su reincidencia. Hay que preguntarse qué está fallando en la sociedad para que un niño de 11 años forme parte de una banda juvenil, empiece con tonterías y termine haciendo cosas terribles.
¿Acaso no deberían vigilar esto los centros de menores?
Ni el sistema penitenciario ni los centros de menores por sí solos conseguirán recuperar a la persona sin un acompañamiento posterior. De lo contrario volverán a reproducir el círculo, lo único que tienen: sus amigos, su familia, su chabola y su marginalidad.
Cuando Miguel Carcaño, acusado de la muerte de Marta del Castillo, trató de suicidarse en prisión, los psicólogos advirtieron de que podría tratarse de una fanfarronería.
Los casos mediáticos no aportan nada bueno, hay que tener un especial cuidado sobre ellos. En ocasiones también se consolidan sintiéndose héroes: un personaje público al que se pone como referencia dentro de la sociedad. A los chavales que están coqueteando con el delito, salir en televisión y alcanzar repercusión pública les puede distorsionar más aún su mente.
¿Cuántos integristas islámicos hay en prisión?
Unos sesenta condenados por delitos relacionados directame
nte con el terrorismo integrista o yihadista; pero podemos encontrar presos que lo están por otras causas y presentan un pensamiento integrista.
¿En qué condiciones se encuentran?
Clasificados en primer grado y muy controlados. Por razones de seguridad, están dispersados por varios centros y diferentes módulos, igual que los terroristas de ETA. Pueden disponer, eso sí, de llamadas telefónicas y visitas.
¿Los integristas se radicalizan en las cárceles?
La cárcel produce una ‘victimización’ que tratamos de combatir porque puede radicalizar a estos presos o bien a otros que consideran que se ha cometido una injusticia con ellos.
En 2004 el juez Garzón desmanteló una célula terrorista que pretendía atentar contra la Audiencia Nacional, mientras que los funcionarios alertaban de grupos islamistas que controlaban las bibliotecas convirtiéndolas en mezquitas.
¿Hay o ha habido intentos de formar células integristas, como el de Topas?
Algunos internos utilizaban la prisión para captar adeptos entre personas provenientes de la marginalidad y, aprovechándose de ese victimismo, ganarles para la ‘yihad’. A partir de 2004 pusimos en marcha un plan de prevención porque existía un riesgo claro; muchos funcionarios realizan un magnífico trabajo, y cuando hay indicios de que se está formando un grupo, se actúa dispersándolo. Si no, el riesgo seguiría latente.
Durante el juicio del 11-M se libró otro mediático sobre una hipotética conspiración y la autoría de ETA. ¿Cómo lo vivieron los presos?
Si en los medios se desarrollan determinadas estrategias, existe un reflejo en la cárcel, alimentándose las expectativas de que iban a librarse de la condena porque alguien demostraría que una prueba no estaba bien tomada. Incluso todavía, porque siguen alerta a todas las informaciones que se publican.
“ETA se ha convertido en una suerte de secta alejada de la realidad”. ¿Lo dice por su experiencia carcelaria?
Lo digo por el análisis de la realidad y también por lo que conozco de la prisión. Es un comportamiento sectario porque los presos etarras cumplen su condena, pero además están sometidos a los dictados de la banda, que les obliga a someterse a huelgas de hambre, a encierros, a no llamar por teléfono, a limitarles las visitas de familiares… normas que la organización impone para seguir manteniendo una fidelidad forzada. ETA actúa como las mafias de otros países. Los presos han sido libres para entrar en ETA, pero no son libres para salir.
¿Empezará el final de ETA por ellos?
Van a jugar su papel. Hay muchos presos hartos de que ETA siga existiendo; hartos de sufrir presiones, controles y amenazas sobre ellos y sus familiares.
Imagine un escenario con las prisiones transferidas al Gobierno vasco.
No produciría ninguna conmoción, Cataluña las gestiona perfectamente, la cuestión es si es el momento. Es más positivo mantener una política penitenciaria común. Por tanto, no está en el calendario.
Durante la huelga de hambre de De Juana Chaos usted declaró que si hubiese muerto, habría sido peor. ¿Los hechos le han dado la razón?
Sabía por qué lo decía y fue una reflexión en voz alta a la que no debería añadir más que el Ministerio de Interior está trabajando para conseguir el final de ETA; en aquel momento hubo una atención mediática muy exagerada en la que se mezclaba todo, pero la condena no era por sus asesinatos sino por unos artículos que él había escrito; uno de ellos me lo dedicaba. Todavía hay gente, en alguna tertulia, que sigue diciendo que De Juana salió a la calle a pesar de sus asesinatos.
¿De Juana ya no forma parte de ETA?
No tengo la menor idea.
Sé de dos presos etarras –Jorge Uruñuela y Andoni Rekarte– que han vivido historias de amor con sendas funcionarias. ¿El amor redime?
En prisión todo se vive distinto y lo que en el exterior se llama amor, en la privación de libertad es otra cosa. Es más redentor el amor a uno mismo, la autoestima. Creo más en el amor universal de los buenos sentimientos.
Alguno de los nombres que aparecen en el ‘caso Faisán’ podría acabar en la cárcel…
No quiero opinar sobre procesos judiciales. Hay una investigación abierta y después se ejecutará, sea cual sea el resultado.
La imagen segura, incluso prepotente, de Francisco Correa, el jefe de la ‘Gürtel’, como antes la de Mario Conde, ha llenado horas de televisión. ¿Ese carácter cambia cuando uno lleva un tiempo entre rejas?
La actitud más inteligente es no pretender ser un personaje dentro, aunque a veces peleemos con quienes tienen ese empeño. Cuando leí en el libro de Mario Conde lo que contaba sobre su estancia en prisión me reafirmé en la decisión de haber destituido al director del centro penitenciario, porque Conde tuvo un trato muy deferente, aunque explique que era normal disponer de un “despachito”, o recibir las visitas en el despacho del juez de vigilancia.
Si hay 65.500 presos, más 10.500 en cárceles catalanas, va a resultar que somos un país de delincuentes.
¡Qué va! Nuestras tasas de delito están más de 20 puntos por debajo de la media europea y siguen bajando. Sin embargo, somos el país, junto con el Reino Unido, con mayor número de personas en prisión. Esto se debe a la dureza de nuestras leyes penales y, si hay más de los que sería razonable, no se trabaja igual.
Se ha repetido tanto que el Código Penal es un cachondeo, que las penas no se cumplen, que al final la ciudadanía piensa que es así, pero cada reforma ha agravado las penas, alargado el tiempo de cumplimiento, creado nuevos tipos delictivos: violencia de género, seguridad vial…
¿Somos demasiado estrictos?
La sociedad merece que los legisladores evalúen el resultado que tiene la implantación de estas medidas. Hay pocos debates sobre su utilidad y proporcionalidad.
¿La Ley de Violencia de Género se interpreta con fundamentalismo?
Sería una temeridad manifestar algún juicio sobre esa ley que ha sacado a la superficie un problema y ha creado un rechazo social hacia él; pero sería conveniente reflexionar sobre la evaluación de las penas y su eficacia.
La cadena perpetua no le gusta, ¿le suena mejor “prisión permanente revisable”?
La Constitución determina que las penas de libertad tienen una finalidad que es incompatible con la reclusión de por vida. Es muy contradictorio que personas que están en contra de la eutanasia se muestren a favor de la pena de muerte aplicada a una enfermedad del alma.
Pero en la calle parece haber sensibilidad para que se debata la cadena perpetua.
Lo que hay en la calle es una gran preocupación sobre delitos de especial gravedad; no estoy de acuerdo en que exista un discurso unívoco que siempre acaba en el mismo sitio. España tiene una legislación muy dura.
Uno de cada cuatro presos padece una enfermedad mental previa antes de delinquir. ¿Tendrían que volver los manicomios?
Las prisiones se han convertido en un recurso asistencial, y es terrible. Si la enfermedad mental no está diagnosticada, tratada y controlada, el afectado tiene un alto riesgo de cometer un delito. Se precisan centros de asistencia psiquiátrica; el término manicomio está tan desprestigiado que no lo vamos a recuperar.
Ha dicho: “Es terrible la cantidad de gente a la que nunca la ha querido nadie”. ¿Y se lo cree? ¿Cree de verdad que haya gente en la cárcel porque la han querido poco?
Sí. Lo he aprendido de las cartas y voy a escribir un libro basado en las peticiones de ayuda de los presos que me narran en ellas.
¿Alguna de amor?
Algunas con mucho amor. Habré respondido unas 6.000, y lo más extraño que me han solicitado –no a mí, sino a un Papá Noel imaginario– fue una silla de ruedas para la hija de una interna.
¿La consiguió?
¡Claro! Era la historia de una mujer extranjera que había dejado a su familia tras servir de correo de droga para obtener dinero con el que poder ayudarla. La niña, a cargo de la abuela, precisaba una silla de ruedas porque no podía salir de casa. Otro interno me solicitó una muñeca, no sé si andadora o habladora…
¡¿Hinchable?!
¡No! Era para una niña con una enfermedad renal que estaba pendiente de una operación que su familia no podía costear y logramos que le hicieran una revisión y estuviera atendida en su país. Los presos necesitan creer y confiar en alguien.
Parece usted su madre…
No es instinto maternal, sino humanidad. Cerrar los ojos a los problemas de las personas es de monstruos.
Pero se piensa que viven muy bien: sala de ocio, gimnasio, piscina, biblioteca…
Quienes lo dicen es porque no han vivido la privación de libertad, algo terrible. Dignificar las prisiones es dignificar nuestra sociedad. Nadie cuestiona que en un hospital haya medios porque forma parte de la rehabilitación, pero no acabamos de quitarnos esta idea del castigo como venganza.
Aprendió a leer con el ‘Heraldo de Aragón’ y eso le despertó vocación periodística. ¿Le han quitado las ganas los programas del corazón o los de sucesos?
A estas alturas es muy difícil tener una vocación nueva. Me preocupa la deriva de las televisiones porque nuestros presos la ven mucho y una mayoría seguirá esos programas en los que aparece gente que transmite una parte de los valores negativos por los que ellos están en la cárcel. No me gusta nada, nada. No ayuda a nuestro trabajo que los presos vean esos programas de telerrealidad.
Cambiemos pues la tele por la ópera. Hay óperas que se han llevado a las cárceles…
Les tratamos de acercar la ópera porque la gente en prisión necesita encontrar estímulos positivos. La estética y los sentimientos desbordados de la ópera alimentan el espíritu, al igual que la lectura, que también fomentamos mucho para los presos.
Hablando de sentimientos desbordados: Clint Eastwood es su referente erótico, ¿o no?
Ja, ja. Me gustan sus personajes, aunque creo que él me parecería un tipo interesante.