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ME cae bien el chico ése, Daniel Monzón, el director de 'La celda 211', tan laureada: nada menos que 8 'Góscar' (el 'Góscar' es el híbrido de un Goya y un Óscar). Aunque mucho mejor me cae Luis Tosar, o sea 'Ma, que es que parece que hubiera estado preso toda su vida, el tío, de tan impresionante que es su interpretación.

Fuente: Hoy.es

La semana que entra, se cumplen 19 años que dejé de ser médico de la entonces Prisión de Cumplimiento de Jóvenes de Cáceres; además, fueron muchos los días que hube de hacerme cargo de la otra cárcel, la de toda la vida, por lo que, a pesar del tiempo transcurrido, uno sabe de lo que habla cuando del mundo penitenciario se trata. Si «noventa minuti en el Bernabéu son molto longo», que dijera Juanito, imagínense lo largos que son diez años en prisión, aunque sea de médico. Vamos, que uno conoce el paño mucho mejor, dónde va a parar, que el guionista de la cinta, y mucho mejor, no hay color, que el director de la misma. Me explico.
Jamás de los jamases a un funcionario de prisiones se le ocurriría meter en una celda a un compañero herido: a rastras lo hubieran sacado a los exteriores. Jamás de los jamases un funcionario se liaría a mamporros contra los familiares de los presos agolpados a la puerta de la prisión; en España, eso es imposible: para ese cometido están las fuerzas de orden público. He ahí dos ejes sobre los que gira la trama de la película, clamorosamente fallidos, lo cual, ya digo, da idea del conocimiento que tiene la gente del cine de la cuestión carcelaria: limitado, muy limitado.
Pero donde de verdad se nota el desconocimiento que de la cuestión tiene el amigo Daniel, es en las declaraciones sobre el particular: «Si 'Celda 211' dispara con bala hacia algún lado, es hacia el poder». ¿Disparar hacia el poder? Vamos anda. Ni puta idea, ya digo. Eso hubiera colado en los años setenta, semana arriba, semana abajo, cuando aún las cárceles eran cárceles, con sus mazmorras y todo (que yo las vi), pero ahora, lo que se dice ahora, es de todo punto inadmisible que alguien hable de «disparar hacia el poder» en un sistema penitenciario plagado de psicólogos, educadores, trabajadores sociales, abogados-criminólogos, médicos, enfermeros, auxiliares de clínica, maestros de escuela, maestros de talleres, monitores deportivos, cocineros profesionales y por ahí seguido. Y mucho menos 'disparar' con un motín protagonizado por individuos que, por muy bien que queden en pantalla, tienen pinta de tener un historial delictivo de lujo: el tal 'Malamadre' había asesinado a un funcionario en revuelta previa, hecho muy edificante y de mucha autoridad. Por cierto, no sé hoy, pero en mis tiempos no me encontré jamás a un preso condenado por un funcionario de prisiones: todos estaban entre rejas por sentencia dictada por un juez.
Efectivamente, qué mal suelen quedar los funcionarios de prisiones en las películas y qué bien suelen quedar los presos, por muy criminales que sean. Pues bien, les voy a decir una cosa: los funcionarios no serán unos angelitos, pero les puedo asegurar que el peor de ellos es mejor que el mejor de los presos. Lo que yo les diga.
¿Disparar hacia el poder? Ni puñetera idea, Daniel.
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